Sede la Aurora

La  hacienda  La  Aurora  se  fundó  en  una  época  caracterizada  por diferentes procesos que tuvieron conexión con el ámbito local, el primero de ellos le atañe a las políticas gubernamentales sobre tierras baldías y en especial a la Ley 61 de 1874, la cual le garantizaba títulos de propiedad a todos aquellos que tuvieran cultivos permanentes o proyectaran establecer empresas agrícolas en tierras de la nación. El segundo proceso corresponde a la colonización, migración interna y confluencia de colonos pobladores y espontáneos en la zona, y el tercero está relacionado con la experimentación agrícola-comercial estimulada por comerciantes urbanos.

Todos los procesos mencionados son parte del contexto histórico de la fundación de la hacienda, aunque el punto de partida fue la adjudicación de un terreno baldío –de cien hectáreas– que le hizo el Estado Soberano del Tolima a Leonardo Párraga en 1882; Párraga era vecino de Lérida, donde  se  habían  distribuido  12.250  fanegadas  de  tierras  de  El  Líbano entre 1850-1854. El terruño era motor de colonización y camino obligado en la conquista de la cordillera Central y así como muchos otros de la época, este hombre depositó sus esperanzas de progreso en la colonización y fundación de cultivos permanentes en la zona de baldíos; debió tener objetivos claros y ser laborioso y sagaz, para quedar registrado como el primer colono beneficiario de la Ley 61 en el Norte del Tolima.

El  terreno  otorgado  a  Párraga  era  realmente  hermoso,  su  punto principal estaba situado en una planicie donde aún hoy se divisa el cañón de los ríos Recio y La Yuca y más al fondo, por el espacio que éstos le abren a la cordillera, se aprecia el río Magdalena el más importante en  Colombia.  Cerrando  el  panorama  están  las  faldas  de  la  cordillera Oriental  y  tal  vez  la  majestuosidad  del  paisaje  fue  su  inspiración  para llamar al predio La Aurora.

 

Leonardo  Párraga  fundó  labranzas  de  cacao  y  pastos  artificiales  y construyó algunas casas de bahareque con la compañía de su familia, la caficultura aún no se expandía en el Tolima y las plantaciones de café parecían ser privilegio de unos pocos. Los comerciantes urbanos que invirtieron en la agricultura de exportación se debatían entre el pesimismo y la esperanza, muchos de ellos le achacaban su situación a las políticas agrarias nacionales y a los vaivenes del mercado internacional y según dice Marco Palacios, los cultivadores convirtieron los cafetales en pastizales a raíz de la crisis producida por el colapso del precio internacional del café entre 1880-1884. Esto, sumado a la escasez de capitales, explica la presencia de cultivos agrícolas tradicionales y de menor riesgo económico en las tierras de Párraga, quien murió a los tres años de haber recibido la concesión, sin ver una gran empresa.

Los herederos de Párraga no podían desarrollar la explotación agrícola y costear los gastos de administración porque su capital monetario era escaso, pero una solución era vender los derechos de sucesión y mantener un dominio en el predio. En efecto, la herencia la compró el comerciante Julio Esteves Bretón, pero los Párraga le exigieron como condición habitar una casa de la finca, usar el terreno, “fundar plantaciones, tener potreros, hacer rocerías para establecer cementeras, sin pagar arriendo” y sin cobrar por la administración y cuidado del terreno vendido. Cabe señalar que pretendían no caer en la condición de arrendatarios y cumplir el papel de administradores.

El compromiso duró poco ante las evidentes irregularidades contractuales, los Párraga no aclararon el reparto de sus derechos individuales de sucesión y tampoco se presentaron para registrar sus firmas en la notaría de Ambalema. Los herederos renunciaron a las pretensiones anteriores y Esteves Bretón vendió el predio para recobrar el dinero invertido, el comprador  fue  Rafael  Montoya,  un  libanense  escaso  de  capital,  pero conocedor de las técnicas de producción cafetera.

Hacia 1889, el general Isidro Parra, fundador de El Líbano, quería atraer grandes capitales para invertir en la industria minera y gracias a su contacto con comerciantes radicados en la capital del país, invitó a Juan de la Cruz Jaramillo a invertir en el Norte del Tolima. La expectativa por la industria minera era enorme y los esfuerzos empresariales en el ámbito local se orientaron hacia la “Compañía Minera del Líbano”, la empresa más importante y el mayor fiasco empresarial de la época en el Tolima.

El fracaso de la inversión minera coincidió con la creación de una sociedad agrícola comercial por parte de Jaramillo, la cual conformó con Rafael Montoya, quien vendió el “globo de tierra denominado La Aurora” y los derechos de sucesión de los Párraga que la transacción exigía. Con esa compraventa, el 8 de mayo de 1890, Jaramillo y Montoya fundaron la “Empresa Agrícola La Aurora”, con el propósito de iniciar la producción de café y comercializar el producto en los mercados de Ambalema y Honda.

La tendencia de los empresarios era a asumir pocos riesgos y a fundar  una  modesta  plantación  de  cuarenta  hectáreas,  la  tesis  de  Jesús Antonio Bejarano confirma su conducta: “temor al riesgo, miedo a la especialización y tendencia hacia la diversificación de las inversiones”. Éste fue un comportamiento causado por el ciclo de financiación y comercio externo del café, pero también el punto de partida de un modelo normativo  acorde  con  el  interés  de  los  empresarios,  quienes  iniciaron un sistema de administración empresarial y laboral sin precedentes en El  Líbano.  Analicemos los mecanismos  internos de administración  de esta primera experiencia.

Empresarios y sociedades agrícolas comerciales, 1890-1899

En el Sur de El Líbano fue decisiva la inversión de empresarios bogotanos y antioqueños, pues este grupo de extracción urbana y con visión ajena a la explotación rentista de la tierra, se proyectó a la explotación agrícola-comercial y al mercado de Europa y Estados Unidos e identificó sus proyectos de inversión en el sector rural con el concepto de “empresa agrícola”. Este término le ofreció una dimensión moderna a una hacienda especializada y global, orientada al mercado internacional.

Los  empresarios  definieron  estrategias  administrativas  y  planes  de inversión según sus capacidades y la infraestructura local, el primer paso consistió en formalizar jurídicamente una sociedad agrícola comercial y el segundo fue proyectar el perfil de comercialización capitalista mediante la explotación agrícola, con el tercer paso se determinó la función de los socios y otros agentes administrativos. En síntesis, la fundación de una sociedad agrícola significó oficializar actividades empresariales y comerciales en el sector rural.

¿Cuáles fueron entonces los acuerdos y relaciones entre los empresarios en una zona considerada frontera de colonización? En la “Asociación Jaramillo  &  Montoya”,  los  compromisos  iniciales  reflejan  diferentes relaciones de disposición; la evidencia es que dado su conocimiento del agro, Montoya se convierte en socio industrial y esto equivale al cargo de administrador. Su vinculación se limita a “dirigir y vigilar los trabajos, llevar las cuentas de la inversión de los fondos que suministraba el socio Jaramillo y de las que la misma hacienda producía, en cuanto lo posible comprobadas, y hacer todo aquello que la naturaleza del trabajo requiera.

Rafael Montoya se convirtió en un empleado de la empresa que aceptaba un sueldo mensual, el cual “irá retirando de las cantidades que el socio capitalista le remese para gastos de la fundación del establecimiento”. Al respecto, se pueden observar tres asuntos: la intención era aprovechar las capacidades y conocimientos sobre el agro que tenía el socio industrial, la posesión de Montoya sobre el predio no era garantía suficiente para lograr un dominio absoluto de la empresa agrícola y la función que adquirió Montoya se debía a su carencia de capital.

Por su parte Juan de la Cruz Jaramillo, quien se convirtió en el socio capitalista, adquirió un grado de disposición diferente por su inversión económica en la sociedad, la cual le permitió, a pesar de ser un empresario absentista, interponerse en la dirección de los trabajos, la inversión de fondos y el arreglo de libros de cuentas y contratos relacionados con el café. La capacidad económica de Jaramillo en realidad designó la función del socio-industrial y mediatizó su propia falencia de conocimiento empírico sobre la caficultura.

En los cuatro años siguientes, los empresarios empezaron a creer en la caficultura, al mismo tiempo que se expandía el modelo empresarial y se ensanchaban las zonas cafeteras de la parte andina del país; el fenómeno cafetero los estimuló a comprar lotes de terreno con la intención de incorporarlos a la empresa y Jaramillo también fortaleció su relación social con el general Isidro Parra al contraer matrimonio con Celina, una de las hijas del fundador. Así se consolidaba el carácter de la casta empresarial y la elite local en el Sur de El Líbano.

Durante esos años también se registró un nuevo fenómeno: la especulación monetaria en torno al valor de la empresa y la tierra, generada por la expansión del café. La dinámica de la empresa empezó entonces a tomar una dimensión más capitalista debido al impulso del café en la cordillera Central y a una reestructuración de las anteriores relaciones.

Para la sociedad se establecieron nuevos acuerdos, Montoya se convirtió en socio capitalista y cambió su función, a partir de ahí sus bienes pasarían  a  ser  patrimonio  de  la  sociedad  y  sus  ganancias  se  daban  en proporción a la inversión que realizara; la función que tenía anteriormente la debía cumplir un empleado “que se denominara Administrador, y será nombrado y contratado por ambos socios de común acuerdo y remunerado por la empresa”. La nueva normatividad empresarial estuvo sustentada también en otras reglas para los socios: correrían por cuenta de la empresa los gastos ocasionados por sus visitas, se cobraría cualquier porcentaje que tomaran de la producción agropecuaria, no podían establecer negocios por cuenta propia y las ganancias o pérdidas se repartirían proporcionalmente al capital invertido por cada uno.

La infraestructura cafetera se comenzó a racionalizar y el uso de los principales medios de transporte –animales de silla y de carga pasó a ser exclusivo de la empresa. Además, al administrador se le asignó la responsabilidad de enviar el café producido a los mercados de Ambalema y Honda, donde cada socio tomaría su porción correspondiente.

Jaramillo y Montoya fueron propietarios de La Aurora entre 1890 y 1896, la consolidación de la caficultura era un hecho y la bonanza cafetera basada en los buenos precios del café estimulaba el proceso. En estas condiciones creció aún más el interés de comerciantes urbanos por la industria y el precio de la plantación fundada también se disparó, era el momento de vender la empresa o atraer a nuevos socios capitalistas.

Nuevos capitales

La sociedad negoció la empresa con Alfredo y Alberto Wills, comerciantes bogotanos descendientes del empresario británico William Wills, quien estuvo a la vanguardia de empresas agroexportadoras en Colombia;  la  hacienda  se  cotizó  en  56.000  pesos  y  este  precio  la  convirtió en una de las más valorizadas del país. En la negociación, los Wills le vendieron una tercera parte del predio a Juan de la Cruz Jaramillo, ya convertido en un experto empresario cafetero, y conformaron la “Sociedad Jaramillo & Wills”.

Debido  a  los  nuevos  actores  y  los  capitales  invertidos  hubo  que cambiar  la  normativa  de  la  empresa,  los  socios  acordaron  administrar directamente la hacienda y cada uno tenía la obligación de trasladarse a La Aurora y residir en la casa-hacienda durante cuatro meses. Era la primera vez que se intentaba romper el carácter absentista de los empresarios urbanos.

La administración asumió igualmente un control financiero basado en  un  sistema  de  cuentas  –conforme  a  los  códigos  de  comercio,  el sistema reglamentaba hacer un balance económico y dividir las utilidades o pérdidas cada seis meses; un tribunal de arbitramento se encargaría de  litigar  en  el  caso  de  presentarse  alguna  diferencia  en  el  reparto  de dividendos. La vigencia de la sociedad se pactó a seis años, tiempo en el cual ninguno de los socios tenía derecho a tomar alguna cantidad de dinero o producción.

Pero  la  estabilidad  y  dinámica  de  la  empresa  no  sólo  dependía  de la vocación, agilidad y racionalidad empresarial individual o grupal, en realidad el funcionamiento dependía de condiciones como la fluctuación del precio del grano, las políticas proteccionistas agroexportadoras del gobierno  de  turno,  el  avance  del  proceso  colonizador  en  la  cordillera Central y los efectos de la situación política nacional –guerras civiles–. La violencia política era visible en la zona, en 1895 murió acribillado a balazos el general Parra en límites de La Aurora y el contorno estaba rodeado  de  regiones  conservadoras  enemigas,  pues  se  estaba  viviendo una guerra de guerrillas entre liberales y conservadores.

El motivo que influyó en la disolución de la Sociedad Jaramillo & Wills  fue  imposible  de  determinar,  lo  cierto  es  que  cuatro  semanas más tarde se registraron nuevos cambios en La Aurora y los propietarios decidieron liquidar la compañía, dividir el capital social y no distribuir utilidades.  Alberto  Wills  vendió  su  parte  y  el  lote  de  Guadualito  se incorporó a la territorialidad de la empresa, conformándose la “Sociedad Wills & Jaramillo”.

Los acuerdos de la reciente sociedad eran similares a los anteriores, pero con la diferencia de escoger a Bogotá como sede administrativa y reglamentar la negociación de la empresa si fallecía alguno de los socios. La  capital  era  el  centro  de  operaciones  y  tal  como  lo  hacían  muchos empresarios cafeteros de la época, desde ahí podían seguir la incidencia del mercado cafetero con la ayuda de circulares, cartas e informes que enviaban agentes comerciales desde el exterior.

 

 

La Guerra de los Mil Días, 1899-1902

En La Aurora, el sistema de administración y participación capitalista por sociedad finalizó el 22 de diciembre de 1899, pocos meses después de estallar la Guerra de los Mil Días (1899-1902). La guerra influyó y debilitó por un largo período las relaciones administrativo-laborales de la hacienda, frenó el entusiasmo por plantar café, arruinó las plantaciones que habían sobrevivido a las etapas críticas que ya se han mencionado y desarticuló las economías de auto subsistencia y las empresas de tipo agroexportador.

Durante los primeros meses de guerra el trabajo en la hacienda continuó de manera permanente, pero a medida que el conflicto se extendió se hizo imposible emplear trabajadores; la soldadesca se formaba con peones, vaqueros y concertados de las grandes haciendas y la inseguridad en los caminos de tránsito pasó al orden del día. Según lo confirma Charles Bergquist, las regiones cafeteras se convirtieron en los teatros principales de la actividad militar, especialmente en Santander, Cundinamarca y el Norte del Tolima.

Con la guerra se produjo el rompimiento del comercio y las comunicaciones y hubo un desvertebra miento total de la circulación monetaria y la esfera financiera; la emisión ilimitada de papel moneda creó un caos en las relaciones de capital y en un marco general se destruyeron las economías locales y sus empresas –haciendas y pequeñas propiedades–, así  como  los  sistemas  de  organización  del  trabajo.  En  tal  sentido,  al gobierno de Rafael Reyes (1904-1909) le correspondió la tarea de re- construir el país.

La participación de los pobladores libanenses en el conflicto implicó un estancamiento de la expansión cafetera, pues según el testimonio del general Antonio María Echeverri, El Líbano se lo tomaron los combatientes en cuarenta ocasiones durante la guerra; la desaparición de los documentos públicos notariales y de los archivos judiciales para el período 1899-1904, es un indicio del caos y el vandalismo que se vivieron. El ambiente debió ser tenso y peligroso para los comerciantes radicados en la capital del país, que años atrás formaron parte del fenómeno de fundar empresas y sembrar café en las fronteras de colonización.

En los años siguientes a la guerra, las haciendas cafeteras debieron responder a la baja del precio del café mediante una reducción en los gastos y los salarios; es escasa la información para determinar la dinámica interna de la hacienda, pero es evidente que el predio no fue hipotecado, ni objeto de enajenaciones entre 1899 y 1907. Sin embargo, La Aurora entró en una fase de fragmentación territorial debido a juicios de sucesión y en un proceso de decadencia administrativa y productiva; la crisis fue superada veinte años después, cuando se inició la siguiente fase administrativa –la más importante de todas– con el comerciante antioqueño Carlos Estrada Santamaría.

La Aurora fue en el Tolima una hacienda muy importante y según expertos cafeteros, alcanzó su máximo esplendor durante las primeras décadas del siglo xx. El sistema de organización laboral y productivo recuerda un modelo de hacienda basado en tecnología moderna y relaciones de aparcería, como queda claro en una descripción que se hizo en 1932:

La Aurora, 150.000 cafetos. Trilladora. Organización por el sistema de compañía con los trabajadores. Don Carlos Estrada no sale de su hacienda,  en  donde  vive  con  exquisito  confort,  sino  para  ir  a  Europa. Selecta biblioteca. Bodega de vinos añejos. Perros finísimos. Instalación eléctrica propia que domina la montaña. Todos en la región conocen el lema “De la Aurora a París, y de París a La Aurora”.

El citado texto muestra la dimensión de un modelo de hacienda cafetera y el ideal empresarial de algunos comerciantes urbanos, todo parece indicar que reúne un excelente nivel de productividad y organización socio laboral y es un modelo de hacienda agroexportadora. ¿Pero cómo y porqué La Aurora se convirtió en la hacienda mejor organizada del Sur de El Líbano? Para responder es necesario analizar la fuerza laboral, los mecanismos socio productivos internos, las transformaciones organizativo- laborales y el contexto histórico de la hacienda en las primeras tres décadas del siglo xx. Aquí resalta la labor de Carlos Estrada Santamaría, dueño y administrador directo de la hacienda, y el conjunto de agentes laborales estudiados, como la fuerza de trabajo temporal –peones, destajistas, contratistas, enganchados– y la fuerza de trabajo permanente –tabloneros–.

La administración de Carlos Estrada Santamaría, 1907-1934 Carlos Estrada Santamaría, uno de los mejores empresarios del norte del Tolima y quien posee una de las haciendas (“La Aurora”) más bien organizadas de la rica región del Líbano.

 

 

Parte de la interpretación es analizar el uso que le dio Carlos Estrada a  la  fuerza  laboral,  teniendo  en  cuenta  las  diferentes  circunstancias históricas que influyeron en el momento de registrarse el cambio; en aras de hacer un análisis sistemático, se tendrá en cuenta el carácter individual o familiar y la función de dicha fuerza en el proceso de producción. En tal sentido, se describe el uso del sistema de peonaje que permitió variantes de contratación laboral al jornal, a destajo y al contrato, y del tablón, basado en un  sistema de aparcería  con  contrato  mixto  y sujeto a  una forma consuetudinaria de trabajo familiar.

 

Sistema de trabajo al jornal, a destajo y al contrato Peones

Arturo Rodríguez nació en Santa Teresa en 1902, no habla mucho de sus padres, pero recuerda con asombrosa facilidad sus años de joven peón en la hacienda. Era la época de Carlos Estrada.

Cuando  él  era  dueño  [de  la  hacienda],  él  mismo  nos  mandaba  a  todos. Era  una  vida  muy  buena,  eso  él  ocupaba  desde  niños  en  adelante,  unos en matorrando a mano, [otros en] los potreros cuando salía el ganado, y el resto, gente des enchamizando café. Él tenía muchos trabajadores, veía por ahí alguna señora y le decía: ¡Arranca aquel matorral! Y ahí ella estaba ganando plata y comida, no le fuera a decir que no. Así se la pasaba toda la semana, haciendo lo mismo, pero usted estaba ganando un jornal, era al jornal. También si veía por ahí que iba alguien sin trabajo, lo llamaba y lo mandaba a la cocina a comer y luego empezaba a trabajar. Él ocupaba todo el que llegara, por ahí unos doscientos, 250 trabajadores llegó a tener.

La ausencia de brazos y la expansión generalizada del café exigían la incorporación inmediata de mano de obra, Estrada requería usar peones independientemente de la edad o el sexo del trabajador y de hecho para algunas haciendas y regiones esto resultaba más eficiente. Algunos los preferían porque podían cuidar mejor los cafetales y garantizaban una productividad permanente y alta del cultivo, y también en regiones con alto índice de minifundio y mesofundio familiar su uso era intensivo, pero la disposición sobre los peones dependía de factores y condiciones locales y en este caso el volumen de la cosecha era el que determinaba la permanencia del trabajador en la hacienda.

Dejemos que Mijail Cardoso, antiguo trabajador de la hacienda, relate de qué manera trabajó bajo este sistema:

Yo trabajé a puro contrato, cada mata de café arreglada a un centavo y a dos centavos. No tenía mujer, ni tenía nada, por eso no tenía tablones, además cuando eso tenía unos doce o quince años. A jornal no trabajé ningún día, [solamente] arrobiando y al contrato; arrobiando a un centavo, en una caja, eso era muy regalado. A lo que pasaba la cosecha hacía otras cosas allí, en la misma hacienda resultaban contratos porque había muchos cafetales degenerados.  Yo  ahí  tenía  y  cargaba  la  segueta,  las  tijeras  y  mi  peinilla pa’ trabajar, toda la herramienta era por cuenta mía, pa’ no ocuparle a la hacienda nada.

En  términos  generales  el  uso  de  trabajadores  temporales  fue  muy importante  en  el  proceso  de  reestructuración  de  la  hacienda,  pero  la insuficiencia de trabajadores permanentes y la ausencia local de brazos fueron factores que a pesar del fuerte impulso demográfico, crearon una crisis  laboral  en  las  primeras  décadas  del  siglo  xx .  Los  hacendados  se vieron entonces obligados a retomar un viejo método de movilización laboral practicado desde la Colonia: el enganche.

El uso del sistema de enganche fue evidente en Santa Teresa, pues ahí llegaron trabajadores contratados por Estrada y otros finqueros del entorno; en el período 1914-1922, el hacendado reclutó peones de temporada en el lejano departamento de Boyacá para abordar el problema de la escasez de trabajadores y los crecientes costos del salario. Pero dejemos que sea Parmenio Buitrago, un antiguo enganchado, quien dé testimonio sobre su experiencia:

Yo vine pequeñito, de la edad de doce años, y me uní con mi hermano. Nosotros  nos  quedamos  huérfanos  de  padre  y  madre,  cinco  hermanos, vivíamos con un tío. El mayor se vino después que mi mamá se murió, ya nos fue trayendo uno a uno, era difícil en ese tiempo. La mayor parte de gente era boyacense, otros venían de Cundinamarca, pocos venían de Antioquia, casi toda esa gente venía para El Tolima porque por allá el jornal era muy barato. Cuando venían conseguían sus pesitos, compraban sus tierritas por aquí y cultivaban café y plátano. En Boyacá hay terreno donde las tierras son malitas y la gente pobre, nosotros teníamos un pedacito de tierra, pero no eran buenas. La gente comentaba en Boyacá: ¡Eso por allá se gana la platica! En ese tiempo se venían cantidades, trabajaban la cosecha y se iban y luego se venían otra vez, venían a recoger la cosecha. Eso ya se sabía el mes, uno venía en septiembre, se estaba tres meses y en diciembre ya se iba otra vez; en Santa Teresa ya sabían que uno venía a trabajar, no nos trataban mal. Llegábamos por el lado de Junín, cuando eso no había carretera, la carretera llegaba hasta un punto que llamaban La Sierrita y de ahí pa’ arriba le tocaba uno a pie. Llegábamos el día de mercado a Santa Teresa, y llegaban y decían: ¡Necesito tantos! Venían de las haciendas, había veces que las haciendas hacían el enganche, mandaban un tipo o dos a traer gente de por allá, veinte, veinticinco, y le pagaban a uno el pasaje; nunca nos engañaron, le pagaban a uno un sueldito. Llegaba uno, trabajaba tres-cuatro semanas, luego uno se iba a trabajar a otra parte. El primer jornal que me gané fue de dos centavos, fuimos los primeros.

 

Los patrones en ese tiempo por lo general eran buenos, eso sí, hacían trabajar  de  seis  a  seis.  Era  duro  trabajar,  era  hasta  oscurecito  y  bien madrugado, eso era la moda en ese tiempo. Yo creo que nos pagaban poquito por tanto trabajo, pero yo digo que de ahí uno comía, se vestía y le quedaba plata. En cambio hoy en día no, ¿qué saca uno con ganarse dos mil pesos diarios? Se pone uno a hacer mercado, no le alcanza pa’ nada, por eso digo yo que en ese tiempo la vida era como mejor.

Como se ve, los enganchados eran migrantes internos que buscaban mejores condiciones de vida; la mayoría procedían de minifundios donde acostumbraban a cultivar principalmente patatas para su propio consumo y los jornales devengados de la caficultura fueron su primer incentivo, el trabajo temporal durante la cosecha del café en el Tolima representaba un ingreso adicional para su magra economía. Siguiendo a Roland Anrup, los enganchados no se pueden considerar proletarios precisamente por su extracción minifundista y porque gran parte del año se dedicaban a la producción familiar en sus parcelas, no obstante que muchos abandonaron su terruño natal a causa de la pobreza y la improductividad de las tierras.

 

En La Aurora se demostró que después de la Guerra de los Mil Días, la capacidad empresarial de Carlos Estrada permitió obtener el éxito de la empresa con base en la fuerza laboral familiar del tablonero. El uso del sistema del tablón fue el efecto de condiciones externas –escasez y alto costo de la mano de obra individual– y de la ineficiencia del sistema de enganche laboral en la estructura de disposición de la hacienda.

En  El  Líbano  recuerdan  a  Isabel  Uribe  como  preocupada  por  el bienestar de los trabajadores y adquirió fama de persona creyente, culta y  bondadosa.  Por  su  vocación  católica  ordenó  construir  una  capilla  y compró imágenes religiosas que instaló cerca de la casa-hacienda e igualmente construyó una escuela cerca a los edificios del beneficiadero para que estudiaran los hijos de las familias tabloneras.

 

 

 

Nuevamente Piñeros García, testigo y acto,  confirma:

Yo  fui  amigo  de  todos  esos  bandoleros,  dormían  conmigo  en  La  Aurora. Ahora sí lo puedo contar. Se quedaban conmigo, yo les daba ropa, vivían muy mal. Esas amistades me permitieron quedarme. Yo atendía a todos los que iban allí, una vez los niños estaban sin bautizar y la gente estaba sin contraer matrimonio, entonces yo resolví hacer una fiesta de tres días, llevé las autoridades de Santa Teresa. Una noche todo el mundo estuvo bailando contento, cuando a las diez de la noche me llamaron atrás de la casa de hacienda, al pie del cafetal, en pleno baile. Fui y estaba Desquite, el jefe bandolero con cuarenta y cinco hombres todos armados, ellos buscaban al Corregidor, a la autoridad que estaba en la  fiesta.  Sabían  que  estaban  todos  allí,  habían  podido  llegar  y  matarlos, pero no lo hicieron. Yo me puse a hablar con Desquite, les di comida y a él le regalé una chompa muy bonita. Tomaron trago, se cambiaron de ropa, estuvieron hasta las cuatro de la mañana conmigo. Respetaron la fiesta y quedamos muy buenos amigos.

 

De  esta  manera  fue  como  se  aseguró  la  convivencia,  se  garantizó el acceso a la fuerza de trabajo y a la producción y se fortalecieron las relaciones de aparcería hasta 1960, pero la práctica descrita no se puede extender a todos los cafetalistas. En realidad, fue evidente un abandono casi  generalizado  de  las  propiedades  cafeteras  y  El  Líbano  comenzó  a vivir un éxodo sin precedentes, grandes propietarios y comerciantes de café abandonaron la región y huyeron de la violencia para refugiarse en la capital o en otras ciudades del país, mientras pequeños propietarios, arrendatarios y jornaleros conformaron un conglomerado de desplazados en el casco urbano de El Líbano.

A causa de la inseguridad en los campos, Jaime Piñeros administraba desde El Líbano las haciendas cafeteras heredadas por su padre, incluida La Aurora, pero aún así fue víctima de robos de ganado y secuestrado en  cuatro  oportunidades.  Las  dos  primeras  veces  pagó  dinero  por  su libertad y la tercera se escapó de sus raptores, pero en la cuarta fue asesinado por negarse a pagar la suma exigida. El último secuestro ocurrió en 1960.

Jaime Piñeros era de vocación liberal, aunque quiso ser apolítico durante La Violencia. Fue respetado inicialmente por los guerrilleros del período de violencia oficial, pero en las nuevas condiciones fue objeto de extorsiones, plagios y utilizado para el autofinanciamiento de las cuadrillas que no se habían acogido a la amnistía otorgada por Gustavo Rojas Pinilla. Los autores del asesinato fueron Joaquín González, alias Centella, y otro bandolero apodado El Cabezón, considerados matones y no propiamente líderes guerrilleros; ambos murieron en casos aislados y en enfrentamientos con la policía. Centella era de extracción campesina y la gente empezó a admirar su valentía para enfrentar a la policía, se recuerda como el hombre que llegaba galopando en su caballo a Santa Teresa y le hacía tiros a la policía para luego huir sin ser herido, por esa rapidez y agilidad se ganó su apodo. Laboró en La Aurora y recibió un salvoconducto del Ejército para trabajar tranquilamente en los tablones de la hacienda, pero con el tiempo formó su propia cuadrilla que pasó a las órdenes de Pedro Brincos y se convirtió en un miembro más del grupo. Estas cuadrillas pernoctaban en la hacienda y recibían ciertos beneficios del administrador encargado para poder supervisar en paz los cafetales. Estos actores no fueron siempre campesinos de la zona, sino individuos que sin abandonar su vínculo con la tierra se dedicaron a la doble vida de bandoleros nocturnos y jornaleros diurnos.

Ubicación: La Vereda La Aurora se encuentra en la cordillera montañosa del corregimiento de Santa Teresa.

Al norte limita con la vereda Zaragoza.

Al sur limita con el corregimiento de Santa Teresa.

Al oriente con El Suspiro.

Al occidente con La Guaira y Mesopotamia.

Por su ubicación sobre la carretera principal de Santa Teresa – Libano, la vereda goza de fácil y rápido acceso.

Se cuenta con sus servicios básicos de Luz eléctrica y agua, cuenta con una junta de acción comunal, cuenta con una Asociación de Parceleros.

La expansión de la educación en la zona rural se da hacia 1934, cuando la FNCC, desarrolla una intensa labor propagandista dirigida a los propietarios de empresas cafeteras, con el propósito de crear escuelas en las fincas, en beneficio de los trabajadores. Siguiendo esta política el Señor Carlos Estrada, ofrece un terreno para construir una escuela cerca de la casa principal.

A la muerte de Carlos Osorio la administración de la hacienda quedó en manos de su hijo mayor Luis Osorio (1935-1973), quien ya era dueño de una parte considerable de la empresa. Durante esta administración, la hacienda vivió los efectos políticos de la reforma agraria y la influencia de la ANUC, una organización que empezaba a mostrar un creciente radicalismo.

Las  nuevas  condiciones  políticas  no  garantizaron  una  disposición operacional estable en el sistema de hacienda local y el papel paternalista que había jugado el padre de Osorio no era suficiente para la estabilización socio laboral en La Aurora. En su calidad de copropietario-administrador y al igual que muchos finqueros locales que mantenían la producción con base en relaciones de aparcería, Luis Osorio no estaba seguro de poder separar a los permanentes de los lotes de tierra.

Para los propietarios la situación era parecida a la que vivieron en los años treinta, entonces el hacendado buscando garantizar el control sobre la hacienda empezó a comprar las mejoras de los tabloneros. Osorio realizó además un cambio en la disposición operacional sobre la fuerza laboral que sobrevivió al desalojo, estableció contratos de trabajo de entre seis meses y un año de duración y aceptó a los tabloneros como trabajadores permanentes amparados por las disposiciones del RIT.

El sistema de hacienda entró en crisis, la carencia de una adecuada racionalización empresarial, el aumento de los costos en el sostenimiento de la mano de obra individual, la experimentación gradual de la caficultura tecnificada y la disminución de la producción, hicieron que el sistema económico de La Aurora no fuera rentable. Luis Osorio falleció en estas circunstancias y Jaime Contreras se convirtió en propietario de una hacienda embargada y en descomposición socio productiva, él dirigió la última fase administrativa de la empresa entre 1974 y 1982, cuando llegó a su fin la empresa cafetera en La Aurora.

La crisis productiva y económica de La Aurora fue evidente a comienzos de los años setenta, pues la hacienda le adeudaba a varias entidades financieras y comerciantes locales cerca de 1’500.00 pesos y ninguno de los herederos tenía suficiente capital económico para sanear el déficit. En estas circunstancias, Jaime Contreras –Mayor pensionado del Ejército– asumió la administración de la hacienda.

Contreras estaba unido a La Aurora por relaciones familiares en tanto había contraído matrimonio con Cecilia, la hija de Carlos Osorio. Este ex militar reunía las características de los nuevos grandes propietarios dedicados  a  la  caficultura  tecnificada  que  aparecieron  en  El  Líbano después de La Violencia, era de extracción urbana y de clase media y no tenía tradición cafetera, las ganancias del producido del café significan para él un segundo ingreso económico.

Sin  ser  experto  cafetero,  Jaime  Contreras  compró  los  derechos  de sucesión  de  los  copropietarios  y  en  dos  años  se  posesionó  de  las  tres cuartas partes de la hacienda. El 29 de noviembre de 1974, Contreras se convirtió en el único dueño de la empresa y su primer objetivo fue cancelar las deudas heredadas de la administración anterior

El nuevo dueño decidió vivir de planta en la hacienda y los primeros cuatro  años  los  dedicó  a  aprender  las  técnicas  de  administración  y  el manejo de los cafetales. En ese entonces La Aurora tenía explotaciones de café –ocho hectáreas administradas directamente–, cañicultura –treinta hectáreas– y ganadería.

Durante su gestión empresarial, Contreras consolidó la tecnificación cafetera y orientó el programa hacia tres ejes centrales: el  primero fue buscar una mayor productividad por unidad de superficie, regular y disminuir la producción del café con sombrío y utilizar sistemáticamente abonos  químicos;  el  segundo  se  opuso  a  la  diversificación  tradicional –mejoras de autoconsumo–, buscó garantizar nuevos ingresos limitando la dependencia frente a las divisas del café y alcanzar una mejor utilización del potencial ecológico del medio, y el tercero buscó racionalizar la producción mediante el manejo directo de los cafetales.

El Mayor Contreras por su mismo porte trata de concentrar su hacienda para hacer una administración directa, él vivió allí durante mucho tiempo con su familia. Entró a manejar eso en forma directa, entonces desaparece la aparcería y entra a pagar jornales, o sea que allí ya existía un asalariado y no existían contratos de aparcería en el manejo de la tierra.

Jaime Contreras fue objeto de un atentado en Santa Teresa del cual salió ileso y después pasó la mayor parte del tiempo en la capital del país, su absentismo dificultó aún más la administración del predio y finalmente decidió abandonar toda actividad agrícola en la vereda.

Las antiguas casas habitadas por los agregados se deterioraron y fueron derribadas. De la casa- hacienda ya no quedan sino sus bases las cuales, sobreviven como testigos mudos de su pasado, y también las imágenes de San Isidro y de la Virgen de Fátima recuerdan la celebración de fiestas religiosas.

 

 

En la actualidad la zona se conoce como vereda La Aurora y es la segunda en importancia territorial del corregimiento Santa Teresa, en ella hay un total de cincuenta predios entre los cuales se siguen destacando por su magnitud el de Jaime Contreras y Cecilia Osorio, y el predio El Reflejo de Daysi Puerta de Piñeros. Como se sabe, el fraccionamiento originó medianas propiedades de tipo familiar y el futuro de la caficultura quedó a partir de ese momento en manos de los medianos propietarios.

La Aurora, al igual que otras haciendas auspicia a los escolares de esta manera y también en algunas administraciones con el salario del maestro escolar. El nivel de educación de los residentes de la zona, cambio cuando empezó a funcionar “La Escuela La Aurora”. Esta tenia biblioteca, y era política de la administración albergar solo a los hijos de los trabajadores para que los niños con edad escolar, pudieran salir a la formación primaria.

Una casa de madera sirvió de escuela, hasta 80 niños y niñas estudiaban en días diferentes y el horario escolar abarcaba jornadas matutinas y vespertinas de lunes a sábado.

En 1985 JAIME CONTRERAS, el último propietario de La Aurora, ofreció un lote de terreno para construir una escuela de cemento, que fue financiada por la Federación de Cafeteros y el municipio del Libano. La escuela mantuvo el nombre de La Aurora.

Según archivos estas son las primeras profesoras que pasaron por la escuela de La Aurora, a partir de 1950:

Margarita y Alicia Jurado en 1950.

Nohemí Millán en 1952

Oliva Guzmán en 1954

Elizabeth Rojas en 1955

Ericinda Roncancio en 1960

Sofía Cardona en 1965

Hermelinda Loaiza en 1972

Fabiola Quintero en 1973

Hilda Bedoya Téllez en 1974 hasta el 2004, siendo una de las profesoras con más permanencia en esta sede.

Néstor Rodríguez y Sandra Ovalle a partir del 2005 a junio de 2006.

Martha Lucia Gómez Castañeda el 17 de julio del 2006.

Monografía elaborada por:

María Liliana Duarte Rodríguez

Docente actual año 2024